El primer Mundial en África se abrió con una contrarreloj que parecía escrita para la épica. Kigali, con sus colinas afiladas y su muro final de Kimihurura empedrado, ofrecía un decorado que rozaba lo poético: el calor pegado a los hombros, la altitud que asfixiaba cada pedalada y un público entregado que convertía cada esquina en un estadio. Era la hora del duelo soñado, Pogacar contra Evenepoel, dos maneras de entender la grandeza sobre la cabra.

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