El PSG está que arde. Doce años después de controlar el club, Qatar aún no ha esponjado que el fútbol, como depósito sentimental, no tiene precio. Ni siquiera en París, ciudad embrionaria de la Copa de Europa, pero donde el PSG, alumbrado anteayer (1970), aún es visto como un advenedizo con más pasta que raíces entre la gran nomenclatura del fútbol mundial. Lo mismo ha dado la desorbitante inversión catarí y su gran parque temático. En la pasarela de París no anidan las súper estrellas. Las forasteras (Messi y Neymar) ni la local. No son pocos los flirteos de Mbappé, que lo mismo galantea con Emmanuel Macron que con Florentino Pérez. Mientras, Haaland, dale que dale, gol a gol, le lleva a rebufo en la carrera por la entronización posMessi-Cristiano.

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