No hace tanto tiempo, a los deportistas extranjeros se les presuponían habilidades casi mágicas. Llegaban con el historial inmaculado y la ilusión de los aficionados hacía el resto, rellenando los vacíos con cualidades excepcionales que podían no tener nada que ver con la realidad. También la radio o la limitada exposición en la televisión ayudaban a cincelar los estereotipos. Una gran narración o un resumen de una competición podían generar ídolos instantáneos. Se le añadía cierto exotismo si el apellido era foráneo. Hoy, con la abundancia de información y los numerosos formatos disponibles, es complicado dejar algún espacio para la imaginación.

