Hablar de Isack Hadjar es hacerlo de Melbourne, de la prueba que puso en marcha este Mundial de Fórmula 1, y de aquel calamitoso trastazo que se dio el francés contra el muro, en la vuelta de formación de la primera carrera de su vida. Y más que de eso, de las lágrimas que soltó después ese pobre chico, al volver andando al ‘paddock’ del circuito de Albert Park, donde recibió el abrazo consolador de Anthony Hamilton, el padre de Lewis, y el navajazo de Helmut Marko, su jefe y una de las piezas con más influencia dentro del organigrama de Red Bull. “Fue un espectáculo lacrimógeno. Un poco vergonzoso”, soltó el expiloto austríaco sobre el debutante de Racing Bulls. Cada vez que abre la boca, Marko constata que está completamente trasnochado. Él procede de aquella escuela que promulga que a la consagración se llega a través del miedo en vez del estímulo, y que ya hace tiempo caducó. La prueba está en la metamorfosis de este parisino de 20 años, que en unos meses ha convertido esa teórica fragilidad en el mayor de los impulsos. Un cambio que ha llevado al propio Marko a rendirse ante él –“es la revelación de la primera mitad del curso”, dijo–, y ante un coche puede estar más afilado que el Red Bull, su hermano mayor, en según qué escenarios.

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