Novak Djokovic empezó a ganar este Open de Australia que ahora celebra en el mismo instante en el que hace un año, la guardia fronteriza del país oceánico le guiaba por el aeropuerto de Tullamarine hacia el avión que lo devolvería a Belgrado. Detenido primero, juzgado después y finalmente deportado, el tenista serbio se prometió entonces a sí mismo que regresaría y conquistaría el torneo sobre el que ha edificado una carrera extraordinaria, inundada de éxitos pero también de sombras. Competidor sin igual, porque así lo determinan los números y la ristra de récords que relucen en su palmarés, Nole ha alternado pasajes deportivos fascinantes con episodios fuera de tono. Ninguno, en cualquier caso, como el que protagonizó el curso pasado al intentar cruzar la frontera australiana sin tener luz verde, con un formulario salpicado de irregularidades y mintiendo.

