Pobre Marc Soler, se apiadan los aficionados en la cuneta, condenado a pedalear en esta carretera sin sombras, un horno mortal para el hombre solo. Solo como el ciclista catalán, fiel équipier de Tadej Pogacar, abandonado a su suerte y al coche escoba por las mismas carreteras del Ariège en las que, y ya ni los más viejos lo recuerdan si no lo leen en alguna enciclopedia, en 1965 Federico Martín Bahamontes, en su hermoso maillot Margnat Paloma se bajó de la bicicleta, se montó en el camión escoba sin falsos orgullos, como uno más, y dijo adiós al Tour para siempre. Marc Soler está enfermo, ha estado vomitando, informan los comentaristas, el calor, el calor, mientras las cámaras le enfocan, pálido, mareado, en la consulta del coche de la médica del Tour, la doctora Florence Pommerie, asido a su ventanilla. Así atraviesan Tarascon, en la ruta del orgullo ciclista, la sentada de Pantani y compañía contra la entrada de la policía en su mundo en el Tour del 98, el Tour Festina. Marc Soler no es Bahamontes. No se sube al camión escoba. Se castiga con el viacrucis ciclista de llegar fuera de control con la cabeza alta. Lo hace solo, como Houle 57m 6s antes.

