Brad Pitt ha hecho muchas cosas en la vida. Ha sido detective (Seven), vendedor de jabón (El club de la lucha), general mitológico (Troya) y galán compulsivo (todas ellas). Desde esta semana, también es piloto de Fórmula 1. Su nueva película se llama F1: The Movie, y se estrenó el viernes con redoble de tambores, luces largas y la bendición tácita de Liberty Media, dueña de un campeonato que desde su desembarco ha vivido una especie de Big Bang. En el proyecto, que arrancó hace casi tres años, hay monoplazas, circuitos y pilotos reales, además de cámaras de última generación. Todo ello con la intención de conseguir que los recursos de las grandes superproducciones de Hollywood contribuyan a dar el último petardazo en términos de regularidad. Con la promoción que han llevado a cabo todas las partes implicadas, son pocos los que tienen dudas de que el primer objetivo ya se ha conseguido. Otra cosa será lo que diga la crítica.

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