Mi primer rival de verdad en la vida fue la pared de un edificio que daba a la azotea de mis abuelos. No tuve más. Yo tenía una raqueta y una pelota, y enfrente estaba el rival más duro del mundo. No se le podía ganar. Se podía empatar contra él durante horas, pero sólo durante horas; nunca te permitía la sensación de que podías ganar, era un adversario honesto y frío y leal: sabías que, hicieses lo que hicieses, nunca ganarías. Eso terminó dándome mucha tranquilidad en la vida. Y un sentido de la decepción memorable. No hay bola que no te devuelvan. No hay esfuerzo físico que no termine agotándote. No hay pasado más fascinante que aquel escrito antes de empezar. Pero mejoré mis golpes, cada vez llegaba antes a las bolas, aprendí a colocarme mejor, gané resistencia y un día, sólo un día, después de un peloteo de casi una hora en el que me temblaban las piernas esqueléticas del cansancio, llegué a pensar que la pared tiraba la toalla. La oí hasta gemir, llorar. Pero era la vecina, desesperada, llamando a la policía municipal.

