Algunos que tuvimos la fortuna de disfrutar de los Juegos de Barcelona 92 —en mi caso como reportero de EL PAÍS— andamos estos días de aniversario con un sentimiento raro, entre nostalgia e irritación. Como la pregunta que suelen/solemos hacernos para conmemoraciones o artículos como este es ¿por qué salieron tan bien aquellos Juegos?, inmediatamente salta implacable otra cuestión: ¿sería posible llevar hoy a buen puerto, 30 años después, una empresa semejante? No. Barcelona 92 sería hoy una quimera.

