No queda otro remedio, pero a uno le inquieta escribir sobre la magnitud de Rafa Nadal. Porque Nadal se explica solo, y no por los simplones lectores de resultados. Es mucho más que 14 trofeos Mosqueteros, que 22 grandes muy grandes. Este tenista, cojo hace apenas unas semanas, trasciende a cualquier consideración. Queda ridículo esparcir cualquier catarata de adjetivos, todos ya manoseados hasta el infinito con la figura del balear por el medio. Es parvulario plantear siquiera que se trate del mejor deportista español de todos los tiempos. La demoscopia popular lo atestigua sin enmiendas posibles, sin detenerse a verificar el contexto de cada cual. Clasificar, debatir, es uno de los deportes nacionales. Como si decir que es el mejor fuera suficiente cuando se trata de Nadal.

