Silba en la tribuna un nadalista inquebrantable como si ya conociera el final, como si alguien le hubiera chivado el desenlace o, sencillamente, como si ya supiera que ocurra lo que ocurra ahí abajo, sobre la arena, la historia está escrita y el destino decidido. A Rafael Nadal le llueven los palos de Alexander Zverev, enorme el alemán durante hora y media, como si hubiera metamorfoseado; pocas veces se le ha visto tan serio, tan aplicado, tan centrado. Tan buen tenista.

