El Madrid es una máscara cada vez menos imponente que se derrite cada vez más rápido, y en Álava no hubo excepción del signo de los tiempos de la temporada: maquillaje a cargo de Courtois y Mbappé, casi siempre en acciones solitarias y heroicas desconectadas del juego coral, y luego un lento hundimiento que a veces afecta al marcador y otras veces no (de nuevo Courtois). En Álava el partido empezó como comedia involuntaria. Kylian Mbappé sufrió un golpe en la rodilla, se agachó durante momentos delicados, miró a la banda inquieto y se dedicó a cojear durante varios segundos hasta que le mandó un pepinazo Fede Valverde. Se olvidaron sus males: controló con la izquierda salvando un contrario y disparó a trompicones. Un poco más tarde, el balón le llegó en profundidad al delantero francés. Se deshizo de su marcador bailando a ratos: varios toques al balón a toda velocidad de tal forma que el jugador del Alavés no sabía si meter la pierna o no, o cuándo. Lo decidió después de que Mbappé metiese el gol, un golazo, otro golazo más.

