El pabellón de Liévin, en el norte de Francia, es un pandemónium de gritos. Más de 5.000 personas enfebrecidas gritan en las gradas, casi afónicas ya, y unas decenas más se agitan como en un loco baile de San Vito incontrolable al borde de la pista de atletismo de dos tonos de azul por la que corren como diablos, perseguidos por unas luces amarillas aceleradas que no les alcanzan y por media docena de corredores que temen que les alcancen por detrás, el etíope Lamecha Girma y el español Mo Katir.

