Todavía no está definida la edad exacta a partir de la cual ya no queremos que nuestro padre vaya por ahí sacando la cara por nosotros, da igual si te llamas Ansu Fati, Ramfis Trujillo, George W. Bush o Luke Skywalker. Madurar es un proceso lo suficientemente complejo como para no necesitar del peso extra que siempre supondrá un padre con querencia a la notoriedad, de esos que se compran la ropa en la planta joven de El Corte Inglés y amenazan al presidente de turno —o al encargado del almacén, todo depende de las posibilidades de cada cual— con llevarte a otro lugar donde valoren, como se merece, aquello que tu padre quiera creer que haces como nadie.

