Por un momento, por una escasa franja de tiempo, un resplandor, pareció que el dios de la remontada se hacía visible en el Camp Nou y que la épica, ese elemento que se suele tomar como un sospechoso cuando se habla del juego del Barça, esa épica podía llevar a los culés a una cita de esas que se cuentan a los nietos en una oscura noche de invierno. Lewandowski cazaba un rechace para igualar el partido a dos goles y lo primero que hicimos todos, incluyo a los seguidores del Inter, fue mirar el tiempo que quedaba. Ocho más el descuento. Tiempo suficiente para un milagro, visto que ese producto del fútbol, el milagro, se genera en un segundo. Es más, es un producto, lo siento, no se me ocurre una forma mejor para definirlo, que no necesita cocción, ni distracción, ni posesión de balón ni nada de esos elementos que habitualmente, por definición, componen el juego del Barça. Necesitan de un balón al área y cruzar los dedos. Bueno, si el centro es bueno, como el de Toni Kroos en el último minuto del partido del Real Madrid contra el Shakhtar, el central se despista medio metro y tienes a un tipo como Rüdiger que está dispuesto a jugarse la nariz, entonces tienes más posibilidades de que el milagro te venga a ver.

