El himno que estremece, el Chapulín Colorado en las tribunas, el ingenio que se vuelve viral —un aficionado que recorre Doha con una bocina gigante para reproducir el tradicional ‘se compran colchones, tambores, refrigeradores…’—, los miles de kilómetros recorridos para ver a su selección en cualquier rincón del mundo, la venta millonaria de camisetas, el arrastre comercial… México parece tener todos los elementos que necesita para destacar, para convertirse en una de las selecciones más llamativas en cualquier evento. Pero carece de la capacidad más importante para trascender en un Mundial: la de imponerse con categoría en los partidos en los que debe hacerlo. El rival más complicado para el seleccionado mexicano ha sido siempre su propio reflejo. En términos de memética —el segundo o incluso primer idioma oficial del país—, podríamos pensar en la selección nacional como aquel meme de los tres hombres araña apuntándose entre ellos, cada uno con una camiseta oficial distinta, respondiendo a la pregunta de quién es el culpable.

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