La clase política ha cogido mala fama. Desde hace años, los ciudadanos señalan en el CIS a los encargados de aportar soluciones como uno de los problemas del país junto al paro, la economía o la sanidad. En respuesta a esa crisis reputacional, los dirigentes de los partidos, especialmente en campaña electoral, prueban distintas cosas para parecer lo menos políticos posible: el cuello vuelto en lugar de la corbata (Alberto Núñez Feijóo), el chascarrillo -casi siempre sale mal, como bien sabe García Page, autor del monólogo sobre la vida sexual de sus hijos-; el cuando quiera lo dejo y vuelvo a la Universidad, al bufete… En la estrategia del disimulo, muestran al público cuánto quieren a su perro, lo que les chiflan los mercadillos, salir a correr o tomarse una caña relajada (rodeados de cámaras). Y cuando nada es suficiente, la medida drástica: fichar a gente normal, personas sin antecedentes políticos, con hemerotecas impecables, fotogénicos y con capacidad de ilusionar. Por ejemplo, deportistas.

