En el tiempo del big data y la inteligencia artificial, de la multitud de empresas y especialistas que detallan el fútbol con una obsesión robótica, algunos jugadores se resisten a la creciente deshumanización del juego. No son clasificables. Transmiten tanta superioridad que se salen del catálogo. Ni tan siquiera se les puede calificar de estrellas, porque su rango solo se encuentra en un puñado de elegidos, futbolistas que trascienden épocas porque su talento no admite comparación. Es el caso de Kylian Mbappé.

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