Nada más bajarse de la bici, Enric Mas se fue corriendo a besar a su mujer María Bel y a sus hijos Jan y Emma que, pequeñitos ellos, no se enteraban de la misa la media, por más que sonreían y abrazaban a papá. El ciclista les correspondía, pues ya fue feliz cuando lo vieron por Andorra —viven ahí— y se le caía la baba este domingo por compartir su gozo con su familia, la que siempre le apoyó. “Sin ellos…”, confesaba al inicio de esta Vuelta, sabedor de que ha pasado por un año de sinsabores entremezclados con las lesiones; “por suerte, en lo personal siempre me ha ido muy bien”. Y, parte del triunfo, claro, fue para ellos: “Tienen más mérito que yo. Son los que realmente me empujan en los momentos díficiles”, resolvió Mas desde la sala de prensa, todavía con una sonrisa de oreja a oreja. Y se sinceró: “Después del proceso que he pasado, han sido momentos difíciles, de tocar fondo. Pero gracias a mi gente, al equipo… a todos, hemos hecho realidad un sueño”. Uno que empezó en El Bartolo y acabó en Granada.

