“Que sí, papá, que eras el número uno. El mejor… ¡Muy bueno, muy bueno! Que sí…”. Martín Landaluce (Madrid, 20 años) le da un par de palmadas en la espalda a su progenitor, Alejandro, en presencia también de su hermana, Alejandra. Más o menos, tres gotas de agua reunidas —ojos muy azules y buena planta— para esta primera aventura del tenista en el cuadro final de Roland Garros. Empieza dura la cosa, con sudores y apreturas; le duele la muñeca, pero resiste: 6-3, 4-6, 6-2, 6-7(3) y 6-4 (tras 4h 30m) en el debut contra el boliviano Juan Carlos Prado Angelo. “Si quieres, luego lo traemos otro rato y así seguís charlando…”, continúa con guasa el madrileño, quien después de algunas curvas (las lógicas, en realidad) va consolidando el estirón. A veces, una gran victoria puede ser peligrosa. Su triunfo como júnior en el US Open (2022) salpicó el camino de prisas y exigencia desde el exterior. “Todo requiere de tiempo”, recalca. “Es vasco, sí”, se refiere a su apellido. Su hablar, sin embargo, es el de Madrid.

