Cuando los pilotos llegan a un circuito nuevo, todos sonríen ante la oportunidad que siempre presenta un lienzo en blanco. Habitualmente, los estrenos suelen dar algo más de peso al talento humano y reducir el impacto de la maquinaria y la tecnología. Con Marc Márquez en pista y en plenitud de facultades, sin embargo, el GP de Hungría volvió a ser una demostración de poderío del ocho veces campeón del mundo. El líder del certamen, en perfecta simbiosis con la Desmosedici GP de Ducati, sumó su séptimo pleno de victorias consecutivo y sigue precipitando la confirmación matemática de su reconquista en MotoGP.

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