Desde su origen, la palabra boicot previene a sus usuarios. No era otra cosa que el apellido del capitán Charles Cunningham Boycott, un administrador irlandés que se encontró con el rechazo y el bloqueo de sus contribuyentes. Así que no es raro pensar que todo boicot se vuelve contra uno mismo, como le pasó al epónimo, porque vivimos en un mundo que obliga a las personas a aceptar la contradicción a cada instante. Todos los que pretenden boicotear el Mundial de fútbol de Qatar lo hacen por las razones correctas. Las miserias de las que se acusa a ese país son ciertas. Pero desperdiciaron los años anteriores para esquivar sus fondos financieros o su gas importado. Y, si nos referimos al aficionado al fútbol, verdadero gozante de un Mundial, ya viene entrenado de casa. Porque en algún momento su propio club habrá estado en manos de un ladrón, un jeta o una familia compuesta de ambas cosas. Y, sin embargo, su fidelidad lo bendecía todo. Y los emigrantes reventados para servirles de mano de obra quizá acabaron en Qatar porque nuestras vallas y porrazos eran aún más disuasorios. Lo ha explicado Infantino, la cabeza de la FIFA; el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. Y mientras nos pensamos si tirar la piedra y, por supuesto, esconder la mano, él ya ha cogido el dinero, ha impermeabilizado la corrupción y aguarda a que resolvamos nuestras contradicciones en el paraíso fiscal de su conciencia.

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