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La escena ocurrió en Cádiz, en la boda de un amigo, hace ya 10 años. El recién nombrado marido se acercó a mí para presentarme a un tipo que rondaba la cincuentena, alto, de pelo rizado, marcado acento local y un extraño punto de emoción en la mirada. Cuando nos dimos la mano, me preguntó si era verdad, como le habían dicho, que yo conocía a José Ángel Iribar. Respondí afirmativamente. No hacía mucho de ello, pero así era. Entonces mi interlocutor me preguntó si esa mano que estaba estrechando, la mía, había sido estrechada a su vez en algún momento por la del gran portero del Athletic. Asentí. Él condujo mi mano a su rostro y apoyando su frente sobre ella rompió a llorar con ese tipo de lágrimas al tiempo dulces y amargas que solo brotan cuando algo nos ha emocionado de verdad.