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Comenzamos el finde <strong>entre lágrimas. Las de Federer. Y también las de Nadal</strong>, que se emocionó como si dejara la raqueta un hermano, que así era. La imagen de los dos llorando sentados en el banco ya es historia del deporte. Aunque va mucho más allá. <strong>Es el retrato de cómo entender muy bien una rivalidad legendaria</strong>, un ejemplo de que se puede querer y crecer al lado del que solo era enemigo cuando estaba al otro lado de la red.