Luis Enrique irrumpió como un fauno en la sala de conferencias del Puskas Arena, este sábado a medianoche en Budapest. Despeinado, coriáceo y rubicundo, daba zancadas alegres cuando tropezó en el estrado. “¡Rigore!”, proclamó, “penalti”, en italiano. Los franceses no entendieron el chiste pero poco a poco comienzan a entender al hombre. El excéntrico que acababa de dirigir al Paris Saint-Germain a la conquista de su segunda Champions riéndose de sí mismo consolidó una dinastía y una identidad futbolística que seduce a las audiencias de aficionados globales y fascina a los franceses. Especialmente a los parisinos, a quienes Luis Enrique, abrasivo y elocuente en sus visiones de chamán, evoca figuras heroicas del folclore fundacional. Marcha junto al arzobispo Gilperto, el rey Dagoberto y el patriarca San Denis.

