Pitó el colegiado el final del encuentro y los jugadores japoneses se arrodillaron en la hierba antes de ser engullidos por una marabunta de reporteros gráficos que buscaban el retrato emocional de sus heroicos compatriotas. Nada que ver con la frialdad con la que los internacionales españoles acogieron el pitido final, pese a haber logrado la clasificación para los octavos de final. La austera estampa del equipo ligó con la contundencia con la que Luis Enrique proclamó en la sala de prensa: “No tengo nada que celebrar”.

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