Se supone que habíamos llegado al Mundial con 26.000 penaltis tirados para no fallar en una posible tanda. Y que el estilo innegociable de esta selección era el que más acercaba a la victoria. O eso al menos eso decía Luis Enrique, al que yo creí a pies juntillas porque me convencía su mensaje y lo que veía en los ratos que abrían los entrenamientos. En la Universidad de Doha yo veía a una manada de lobos detrás del balón, que se movía a velocidad de vértigo, por cierto. No nos vamos a bajar ahora de la Luchoneta, pero sus detractores tienen motivos para cargar toda la responsabilidad de la eliminación sobre el seleccionador. España, con la excepción del día de Costa Rica, ha sido una profunda decepción en este Mundial. De más a menos desde que Alemania detectó al descanso cómo desactivar a España. Desde entonces, España ha ido en caída libre hasta caer con Marruecos, a la que no vamos a regalar elogios. Su partido contra España fue la nada. Tampoco compraríamos eso aunque hubiéramos pasado.

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