A eso de las tres de la tarde, Novak Djokovic y Aryna Sabalenka coinciden en la intersección de la sala y se abrazan. Uno entra, la otra abandona la escena: “¡Felicidades!”. El serbio celebra su 39º cumpleaños y se dispone a atender a los enviados especiales con su profesionalidad característica, siempre generoso, profundo y genuino en la respuesta, y con algo más que callo en la dialéctica. Está feliz, pero serio. Y no se le escapa una. Sabe que la pregunta está al caer. ¿Qué opina él, viejo jefe de la manada, de la protesta planteada para esta jornada de atención a los medios por parte de los jugadores? Algo así como reducir a 15 minutos, de manera estricta, su presencia ante micrófonos, televisiones y grabadoras del torneo y los medios internacionales, también de aquellos con derechos. Aunque tibio aún, el pulso sigue vivo al parecer.

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