No hace tanto, cuando el equipo Sky se hizo amo y señor del pelotón porque eran los mejores, había un siseo que Mark Cavendish, 55 triunfos de etapa entre las tres grandes, verbalizó un día en el autobús de su equipo, entonces el Columbia: “No podemos hacer nada. Ellos van a poner el ritmo, así que lo único que nos queda es hacer bien la táctica del sprint”. Y sus palabras, aunque ya no tengan el mismo sujeto, siguen vigentes porque UAE y Visma son los que marcan el paso, brújula del pelotón. Por lo que quedan los sprints como refugio de laboratorio, aunque cada vez menos porque el ciclismo ha evolucionado hacia plantillas globales y mixtas, ya ni tan jerárquicos ni tan acompañados los sprinters por sus equipos como antaño. Y en las grandes vueltas, donde cada vez hay menos etapas que se resuelvan por la velocidad —en esta Vuelta solo hay cinco jornadas subrayadas—, también brillan por su ausencia y apenas unos pocos levantan el dedo. Caso de Philipsen, Pedersen, Aular, Turner y Coquard, pocos más. Y fue Philipsen quien, de Monzón a Zaragoza, etapa llana al fin, el que se llevó su segundo laurel en la ronda tras pedalear más rápido que nadie.

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