Sigue siendo el fútbol la mejor demostración de que los fantasmas existen, también fuera de Galicia, donde el capitalismo ha comenzado a corromper algunas certezas de la tradición oral para convertirlas en estampados de camisetas y leyendas de tazón. No es necesario tragarse los bochornos televisados de Iker Jiménez, ni sacar del trastero la vieja ouija de madera profanada por los cercos de un vaso mojado: basta con echar a rodar el balón en un derbi madrileño para que los viejos espectros de sábanas arrugadas y cadenas oxidadas se citen con los vivos, un espectáculo donde lo invisible se entremezcla con lo palpable, donde la fe y el miedo todavía conservan la capacidad de convertir cada córner en un acto de brujería.

