Justo enfrente de la estación de Milán se alza el Hotel Gallia, de planta imponente y señorial. En los veranos de los sesenta el espacio entre estación y hotel era un hormiguero gigante en el que se mezclaban periodistas de prensa y radio, gráficos y televisivos, hinchas de cualquier equipo que intercambiaban experiencias y banderines, mendigos, carteristas, macarras con sus pupilas, vendedores ambulantes, simples curiosos…

