Está mal juzgar a la gente, pero en esta columna lo haré. Sé que existen innumerables circunstancias personales, pero en esta columna me basaré únicamente en generalizaciones (y puede que alguna exageración). Porque de todo el ecosistema —flora y fauna— que habita en los estadios de fútbol me quiero detener en la especie en la que se concentra la mayor cuota de irracionalidad: los aficionados que abandonan el recinto antes de que termine el partido. Y utilizo el verbo abandonar —en lugar de dejar, marcharse o irse— a conciencia porque lo que sucede cuando un hincha enfila la salida en el minuto 89 es un abandono en toda regla.

