Quien visite o viva en un pueblo turístico entenderá mejor la rara felicidad que produce encontrarse, sin esperarlo, en un bar ajeno a agosto, ajeno al turismo, ajeno a los vaivenes de este siglo. Un bar tan detenido en el pasado como puede estarlo una monarquía, entre el estupor y la fascinación. Uno de esos bares que, por razones delicadas e intraducibles, han conseguido mantener un aire a años 80 que hace parecer el fútbol, o más bien la liga española, la religión que era antes, aquel credo ahora demolido por estamentos federativos y arbitrales, moviéndose siempre entre la perezosa corrupción y la incompetencia absurda.

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