Simón Elías, alpinista riojano y primer español en formar parte de la prestigiosa Compañía de Guías de Chamonix, definió hace años con precisión hilarante el oficio de guiar: “Se trata de poner a los clientes en peligro de muerte para, luego, rescatarlos”. La sorna de su definición encaja a la perfección con el tinglado que se organiza cada primavera en las laderas del Everest. Allí, especialmente en la vertiente sur (Nepal), más accesible que la cara norte o tibetana, se citan cada año un número creciente de clientes para alimentar el negocio de las grandes cimas. Ahora mismo, 450 aspirantes a la cima esperan tensos en el campo base, a los pies de la cascada del Khumbu, para salir en estampida en cuanto los partes meteorológicos lo aconsejen. Las prisas y el estrés de lo cotidiano trasladadas a la montaña.

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