Suele decir Vicente del Bosque que el jugador fiscaliza todo lo que hace o dice el entrenador y que ese sibilino examen es diario. Durante estos cuatro días de concentración en la Ciudad del Fútbol de Las Rozas, los internacionales españoles hacen sus chascarrillos cuando ven al Luis Enrique más desenfadado, sin camiseta y descalzo por el campo de entrenamiento al concluir las sesiones. También bromean con ese altavoz que les ha colocado en la espalda para no tener que dar gritos desde el andamio desde el que dirige las intensivas sesiones de trabajo táctico. El invento es una influencia del pinganillo del ciclismo, el deporte que pirra al seleccionador.

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