Visto desde la relativa seguridad de la tierra firme, el surf tiene algo de hipnótico. La figura de una persona erguida surcando el mar sobre una tabla transmite una peculiar sensación de control. Como si el ser humano, al menos por unos segundos, pudiera dominar a la naturaleza. Otra cosa es lo que sucede encima de la tabla. Que no es poco. Porque solo para llegar a coordinar el cuerpo y ser capaz de levantarlo mientras se avanza al ritmo de la ola hace falta una importante dosis de propiocepción. También unas gotas de coordinación y la visión de que todas esas ondas que se escaparon, todos esos segundos de desorientación después de una caída al agua y todas las horas de práctica salen más que rentables cuando al otro lado de la balanza se sitúa la conciencia plena de la existencia acompañada de una intensa relación con el entorno.

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