Acostumbrado a la multitud, Jesús Rollán se suicidó cuando se sintió solo por más acompañado que estuviera de su madre y de los que cuidaban de su salud en un centro de tratamiento de adicciones en La Garriga. Ya no estaba a gusto en ningún sitio y no distinguía entre internos y visitantes, como si no reconociera a nadie, ni en Barcelona ni en Madrid, tampoco en Vallirana y en Italia. No tenía fuerza siquiera para vivir una vez que se quedó sin la adrenalina competitiva y perdió el sentido del riesgo y del límite, absorbido por el vacío, anónimo como enfermo después de haber sido el portero de waterpolo más famoso, genio y figura desde Barcelona 92 hasta Atenas 2004.

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