Con su victoria en el Monte Bondone, el martes, João Almeida maravilla a los mismos periodistas italianos a los que horroriza minutos después cuando, durante la rueda de prensa, delante de todos, agarra un sobre de kétchup espeso y riega generosamente, con la ilusión de un niño, un táper de arroz blanco y tortilla troceada que comienza a devorar con gran apetito. “Espero que no se entere mi nutricionista”, bromea el portugués guiñando un ojo falsamente pícaro, pues sabe que su nutricionista, como los de todos los equipos, saben perfectamente lo que ingieren los corredores, cantidad al miligramo, y contenido, carbohidratos, mucho; proteínas, no pocas; grasas, mínimas. Y la gastronomía no entra en los cálculos de la mayoría de los especialistas, ni la variedad. En todo caso, los más puestos a la última en la ciencia de la nutrición y el rendimiento, puede que incluso le dirían que añadiera unas patatitas cocidas o un boniato al mejunje, que el almidón, y la fibra que genera, es guay.

