La selección femenina de fútbol sufre una crisis de dimensiones desconocidas y consecuencias imprevisibles. El órdago público de una parte capital del vestuario para forzar la salida del entrenador, Jorge Vilda -concretado con el envío el pasado jueves por parte de 15 jugadoras de un correo a la Federación en el que renuncian a ser convocadas por motivos de “estado emocional”- ha situado al combinado nacional en un escenario límite. La ruptura entre un sector nada menor de la caseta (seis de las firmantes fueron titulares fijas en la última Eurocopa) y la alianza, de momento indivisible, entre el técnico y el organismo que dirige Luis Rubiales se antoja muy difícil de reconducir, si no imposible. Y todo ello a menos de un año del Mundial y con la mejor generación de futbolistas que ha producido España.

