La vida que a los 28 años estrenaba la ingeniera Miriam Martínez se esfumó de golpe en noviembre de 2018. Poco después de mudarse de Alicante a Bilbao y dar un importante salto profesional para trabajar en una constructora, empezó a sentir unos extraños hormigueos que un día, repentinamente, se convirtieron en una parálisis en la pierna y el brazo izquierdos y en el rostro. Alarmada, acudió a la clínica IMQ Zorrotzaurre antes de perder el conocimiento y despertar, horas más tarde, en la UCI con dificultades para hablar y respirar. Los 23 días que pasó allí tras sufrir un grave daño cerebral fueron, asegura, como volver a nacer. En un sentido literal, porque tendría que aprender de nuevo a masticar o atarse los cordones, y en un sentido más profundo, porque mirando por la ventana de esa habitación encontró la forma de reconstruir su destino roto. “Cada noche veía cómo se encendían las luces de San Mamés. Era un momento mágico, una pequeña fiesta. Me imaginaba a los futbolistas y me obsesioné con que un día yo correría sobre ese césped”, rememora. En solo tres años, pasaría de tener medio cuerpo inmovilizado a levantar una medalla de plata en los Juegos Paralímpicos de Tokio, una resurrección por la que sería homenajeada en el campo del Athletic Club.

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