A mediados de abril el Inter culminaba un declive de rendimiento tan agudo que amenazaba con implosionar. Sólo había sumado un punto en cinco partidos y ocupaba la sexta posición en la Serie A. Desde el centro de entrenamiento de Appiano Gentile se escuchaba el rumor de los sables contra la gestión del técnico, Simone Inzaghi, que provenía de las rotativas más insignes, de los inflamados platós de televisión y del edificio The Corner, la moderna sede del club en el distrito financiero de Porto Nuovo, con espléndidas vistas a la Madonnina de la catedral de Milán y al estadio de San Siro.

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