El momento no llega a los 20 segundos y la clave es el suspense de los últimos 10. El relevo definitivo lo ha protagonizado un mito del básquet español —Epi—. Con la antorcha enciende la flecha que lanzará el arquero —Antonio Rebollo— y, al aparecer la llama en el pebetero, estalla una ovación en el Estadi Olímpic que resuena en televisiones de todo el planeta. Seis años después de la nominación y de obras faraónicas para sincronizar la capital catalana con las grandes urbes de su tiempo, los barceloneses experimentaron el orgullo de serlo en ese instante catártico (un eco del gol de Koeman en la final de Wembley de hacía pocos meses). A la intensidad del suspense se le sumaba la estilización. La música, la iluminación, la belleza de la parábola que trazó la flecha en la noche. Pero en esa imagen había algo más que también era icónico y tenía que ver con la proyección global de una tradición industrial: la del diseño. La antorcha era obra de André Ricard y el pebetero de la empresa AD (Associate Designers) de Bigas y Sant.

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