“Cabeza, cabeza”, le pedían Barreiro e Ibon Navarro a Alberto Díaz, que asentía con confianza cuando al duelo le quedaban pocos suspiros. Y aunque la muñeca le falló, pues erró los dos tiros libres, a la siguiente jugada robó el balón y dio una asistencia a Osetkowski que valía oro porque ponía el 72-80 a falta de un minuto. Aplausos y abrazos en el banquillo del Unicaja, que encontraban en Alberto Díaz al mejor director de orquesta, al capitán perfecto. Quizá no el mejor anotador, pero sí un base que hace todo lo demás, intenso, pasador, inteligente, la extensión del banquillo en la cancha hecha persona, y el pegamento del equipo que juega los momentos decisivos, ya que Perry siempre había contado con más minutos en los duelos anteriores pero no cuando el triunfo estaba en juego.

