Hay una cualidad de los matones que siempre me ha llamado poderosamente la atención: acostumbran a justificar sus actos en algún tipo de provocación previa, a menudo, inexistente, quizás porque la violencia ejercida sin ningún tipo de amparo moral resulta incomprensible incluso para quien la practica, quién sabe. En el caso de los ultras, que son los matones consentidos del fútbol, esa justificación resulta constante por una razón muy sencilla: la violencia está en la base de su influencia, pero aplicarla también exige algún tipo de salvoconducto ético para quienes la consienten.

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