Lo pidieron una, dos y hasta tres veces. Cada vez que la imagen de Neymar aparecía en los videomarcadores, el ruido aumentaba unos decibelios. Y el pico se tocó cuando saltó a calentar. Su nombre llevaba semanas monopolizando el debate en Brasil. Hubo dudas sobre su convocatoria, críticas por viajar lesionado, voces que defendían que nunca debió ocupar una plaza en la lista de Ancelotti y otras que seguían convencidas de que, aunque fuera durante unos minutos, el Mundial necesitaba al 10 sobre el césped. La respuesta llegó desde la grada con el mejor regalo posible.

