Cuando era pequeña, me pasaba los Mundiales o los Juegos Olímpicos sentada enfrente de la tele viendo durante un sinfín de horas partidos de selecciones que ni siquiera conocía, en el caso del Mundial, o disciplinas que casi ni sabía que existían, en el caso de los Juegos. Quién me iba a decir que me tragaría un Egipto-Corea del Sur o que me quedaría embobada viendo la lucha por las medallas en doma clásica. Era la magia del deporte. Pero sobre todo, la magia del fútbol. ¡Qué pasada y qué maravilla poder ver tantos partidos del máximo nivel uno tras otro, como si fueran capítulos de una serie que te tiene enganchada! Normalmente sucedía en verano, daba igual que viniésemos de ver Liga, Copa o Champions, el Mundial era otra cosa. Yo, como espectadora, me encontraba de vacaciones y he de reconocer que cuando la Copa del Mundo terminaba sentía una especie de vacío existencial. ¿Y ahora qué hago durante las asfixiantes tardes de agosto?

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