La lluvia se adelanta y destroza a los favoritos, que maldicen a las decenas de apps de sus móviles que la víspera repetían lo mismo, no, hasta las cinco, ni una gota, y a las cuatro ya los charcos inundan algunos tramos de la Copenhague en la que solo se ve gente por todas partes, y peligrosas banderas pintadas en el asfalto. Y a las seis, escampa. Gana Yves Lampaert, un flamenco que solo quiere volver a su pueblo, a sus tierras, cultivarlas, ver crecer la cebada y aguanta que los sabios aerodinamistas de Specialized le calcen bajo el casco un verdugo ajustadísimo en la cabeza, tan lisa como si se hubiera rapado cabello y cejas, y tan redonda como si le hubieran arrancado las orejas al clasicómano belga que honra todas las primaveras al ciclismo antiguo y rueda tan bien que hasta el año pasado ganó el campeonato de su Bélgica.

