Ocurre de un tiempo a esta parte que agosto se ha convertido en el mes más fascinante de la temporada: todo puede ocurrir y nada resulta del todo determinante. Salvando las distancias, es como jugar a la guerra con pintura o tomarse muy en serio los ensayos de boda. Nadie ha ganado jamás una liga en agosto, pero los rumores tienen esa capacidad morbosa de provocar casi las mismas reacciones que un gran título o una derrota histórica. Brotan desde lugares misteriosos, se entrelazan con nuestras obligaciones diarias y al caer la noche, que es la hora de los monstruos, nos descubrimos angustiados tratando de robar algún ansiolítico a cualquier ser querido que los acumule, pues la posibilidad de que Fermín se vaya al Chelsea nos impide conciliar el sueño.

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