Ese amor de verano se acabó. Tiger Woods volvió a Saint Andrews con el cuerpo lleno de cicatrices pero el alma reparada. El recuerdo de sus hazañas en la casa de golf, sus coronas en 2000 y 2005, había alimentado las esperanzas del campeón de 15 grandes de revivir un tiempo feliz. El guerrero había descansado después del enésimo regreso de la tumba y el horizonte de un recorrido plano que aliviara su maltrecha pierna derecha le devolvía el hambre de gloria. Pero el campo le bajó a la tierra en un minuto, lo que tardó en caer al agua en el mítico riachuelo de Swilcan que cruza los hoyos 1 y 18 y comenzar la caminata con un doble bogey. Todo fue sufrimiento desde entonces para Woods, remando desde el tee y en el green. Un gigante caído. De nada vale el palmarés ni el nombre delante de la bola. No hubo piedad para Tiger desde que la grada comenzó a entregarle sus pulmones. El mito acabó retorcido, esta vez de pena más que de dolor, en la primera jornada del Open Británico: 78 golpes, seis sobre el par, su peor resultado en las seis ediciones de este grande que ha disputado en Saint Andrews, igualando la cuarta ronda de 1995, cuando era un amateur lleno de energía. La meca del golf no le había castigado nunca del tal manera siendo profesional. Pasar el corte precisará este viernes otra resurrección. Con 46 años.

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