Cuando acabó el primer set de la semifinal entre Nadal y Zverev, me encontré sentado en la punta del sillón, sudando a mares sin que me cayese ni una gota de sudor por el cuerpo, con las piernas agotadas de tanto deslizarme por la tierra de París, y, aunque soy diestro, con el brazo izquierdo en ebullición por el esfuerzo desplegado en esos eternos 91 minutos. Por si acaso, me bebí un litro de agua para no deshidratarme. Es lo que nos sucede cuando nos toca empatizar con un luchador eterno como Nadal. Lo vamos a dar todo desde el sofá porque estamos sufriendo, empujando, corriendo, golpeando y celebrando como él. Somos una extensión de Nadal.

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